A simple vista,
pareciera que todo lo que escapa
a estos cuatro irreductibles ángulos
careciera de forma definida.
Si acaso sustancias que apelan al sonido
para dar sentido a dicha porción de mi horizonte.
Por ejemplo,
un avión aparece repentinamente
dentro de ese encuadre rectangular.
Sobrevuela el océano sin apremio,
hasta que al cabo de unos pocos segundos
se desvanece para no dejar rastro.
Si por alguna razón pestañeara
o bajara la cabeza,
ese minúsculo punto de acero
que desfigura el paisaje
dejaría de existir por completo,
y con él su tripulación.
Un poco como ocurre con el tiempo,
al que creemos amaestrado
y bien aclimatado a una circunferencia.
Cuando lo cierto es que
cada secuencia que ordenamos,
cada palabra en fila india,
no son más que una paradoja que atenta contra sí misma.