Aquella noche, el fuego se precipitaba desde el cielo. O eso parecía. Tenía los ojos hacia arriba, como si de helio estuviera lleno su interior. Las pupilas en perpetuo ascenso. Incandescentes. Ingrávidas. La vista fija en un único punto, retratando el incendio que caía como fina lluvia en abril. Pero no era abril, por supuesto. Hacía frío, aunque no lo tengo claro. La calma entera se encabritaba en la silueta de un caballo enorme. Era el más hermoso de todos los equinos. Círculo ignífero. Corcel brioso y enfurecido. Presa de la enajenación y del discernimiento. La inmolación del sueño frente a la pérfida razón. Ese despertar que reubica las cosas en un orden ajeno al nuestro. Ajeno a nosotros mismos. La clasificación y petrificación de la materia. Realidad. Recordar un sueño es destruirlo; interpretar un sueño es traicionarlo. Nombrar es profanar. Los ojos no tienen memoria. Los ojos no tienen remordimiento. Los ojos no tienen opción. Arder es otra manera de cuestionarse. El fuego era la noche oscura descalabrándose en mis ojos. En los tuyos. En los de cada uno de ellos y en los de todos nosotros. A lo lejos, el estertor de mi propio cuerpo indicaba lo contrario. Al otro lado, yo dormía plácidamente sin fuego a mi alrededor. O eso fue lo que deduje a partir de mi respiración, pausada y superficial. A los muertos por fuego el Sueño los redime. A los muertos por sueño el Fuego los persigue. Los perros solo ladran a los que nunca han muerto. A los que se les ha apagado el fuego por completo. A los que miran con los ojos y no desde los ojos. A los que tienen las pupilas apuntando siempre al centro y desoyen el contexto. Llegado el momento, el firmamento se partía en dos y de a pocos se resquebrajaba en su totalidad. Las campanas se desgañitaban. O eso fue lo que creí entrever a la distancia. La esfera cobraba forma. El paisaje perdía sus ángulos, se curvaban los fragmentos. El caballo flamígero se empinaba, ensanchaba el abdomen a medida que bufaba. Cubría todo el vacío, pese a que de ello no estoy nada seguro. En aquel Sueño, el Fuego de arriba y el fuego de abajo eran uno y el mismo, como tú y yo. El infinito.