Detenerse es asfixiarse.

Nunca olvides
que basta solo con abrir la boca
para que suceda lo contrario.
Para que todo aquello
que hemos acumulado
a lo largo de este recorrido
se nos venga abajo de repente,
p e d a z o t r a s p e d a z o,
casi por inercia.

Eso es lo que ocurre cuando
nos abandonamos a la idea
de que todavía llueve demasiado.
Cuando dejamos correr el tiempo
buscando la justa medida de las cosas.
Sin asperezas ni rugosidades.

El sol es una piedra insulsa
a las 6 de la mañana.

A lo mejor lo más sensato sea
oponer resistencia contra aquella tibieza
que nos quema la cara.
A lo mejor deberíamos dejar de creer
que la hojarasca se forma de la nada
y seguir indiferentes y radiantes.
Podríamos simplemente cerrar los ojos
y aguardar a que la niebla se disipe.

Y continuar avanzando.
Siempre avanzando.
Sin que nada importe más que el horizonte.


Porque todo lo que hacemos,
en resumidas cuentas,
no es más que girar sin girar,
intercalando frases cortas,
quemaduras
y miradas ausentes.
Naturaleza muerta.
Cinismo.

Todos los paisajes que recuerdo
están poblados de flores negras
que conversan
\ y de agujeros en el firmamento \

Esta es también la parábola
del padre que deshonra al hijo
y la del hijo que se vuelve padre.

Un eterno nudo que tensamos
hasta sofocarnos.
No sabemos hacer otra cosa.
Nunca lo hemos sabido.

Así es como se inicia nuestra historia.
Así es como lo mejor que tenemos
se convierte en un silencio incómodo
y deleznable.
Apocalíptico para las grandes
celebraciones familiares.

Nadie, excepto tú,
ha visto realmente brillar una estrella
mientras agoniza.
¿Qué sentido tiene hacer un alto
si ni siquiera hemos llegado cuando deberíamos?

Demorarse es resignarse.

La distancia varía según la hora.
S e g ú n e l r i e s g o
o los solsticios.

Leonora,
alza la mirada y asiente.
Aquí ya no queda nada para nosotros
\ ni para nadie \
nos hemos desviado hacia adelante.



Desprovista de sentido, la felicidad es
I N M I N E N T E