Imagina una ciudad. Imagina que la ciudad que estás ahora imaginando en realidad existe. Que siempre ha existido. Obsérvala desde arriba, a lo lejos, sobre lo más alto. Lentamente, sin prisa. Recórrela despacio, serena tu respiración. De momento, todo sigue siendo vago, incierto. Observa cómo aquella masa oscura va tomando forma. Observa cómo de a pocos le arrebata espacio al vacío, al sonido. Cómo la reduce al mínimo a base de empellones y dentelladas. Tu ciudad será un animal. Imagina un animal. Concupiscente. Noctívago. Omnívoro. Réprobo y distante. Olvídate del tiempo y de sus encrucijadas. De cada una de sus emboscadas. Concéntrate primero en su anatomía, en sus necesidades. Ubícala cerca del mar. Imagina el mar, pero no definas todavía sus profundidades. Habrás de contemplar que el largo y el ancho de aquel limbo estará poblado de criaturas, sombras y vegetaciones. De materia inerte. Todas ellas ocupando un lugar estratégico en esta ciudad que desconoce aún sus dimensiones. Solo así se disiparán sus distancias de las tuyas. Solamente así se definirán los límites de la ciudad y los de tu mente. Por ahora todo sigue siendo abstracto, un puñado de palabras, como semillas a la deriva de su suerte. Una imagen borrosa, quizás producto de la imaginación. Ajena a su voluntad y sin discernimiento. Imagina el fuego. La combustión, el color y también el aire. Que se filtre la luz y que la temperatura sea quien decida la movilidad de los cuerpos. Las tempestades. Imagina el amor. Imagina todo lo que podremos hacer por él y en nombre de él. Piensa en los ríos, la lluvia, las estaciones. La navegación. Piensa en las praderas, la composición del suelo y sus elevaciones. La trashumancia. Que el cansancio no confunda tus visiones con regresiones. Que el sopor no obnubile nunca tus sentidos. Mantente despejado, como un horizonte que sabe que después de toda esta pesadez no queda nada más. Salvo el silencio y sus elucubraciones. Imagina el alma. Imagina un hombre. Imagina una mujer. Frágiles mamíferos. Imagina uno y otra más. Sucesivamente. Empieza por el rostro, sus tamaños, las proporciones. Que cada quien sea diferente bajo los rígidos parámetros de siempre. Uno tras otro va llegando. A cuestas, con el sufrimiento y el esfuerzo que supuso el reposo. Allanando el piso con el peso del paso. En pequeños grupos, en oleadas, en hordas. Como ejércitos en avanzada, como cardúmenes de peces, como una plaga de langostas. Imagina que tienes ya una urbe habitable, con plazas, templos y mercados. Oráculos. Censa a los varones. Forma una nación. Luego un reino. Una república. Un Imperio. Un único pueblo. Dicta sus leyes y ordena sus jueces. Un avispero de rábulas y leguleyos. Imagina una moneda. Fija entonces sus equivalencias y sus falsedades. Imagina una religión. El perjuro. El espolio. La opulencia. Santifica a sus nigromantes. Imagina esa misma ciudad atravesada por caminos, acueductos, desviaciones. Que sean tantas sus vías como dioses en los panteones familiares. Imagina ahora sí el tiempo y su proyección en los cielos. Visualiza no solo las grandes esferas, sino también las pequeñas, la rotación de los cuerpos celestes. Las constelaciones. Aquella música que está siempre allí, pero que jamás percibiremos. Imagina todas esas vidas y los cementerios en donde habremos de acabar. Visualiza una a una esas historias. La acumulación de cicatrices que dejan en la tierra. La sevicia.

Imagina ahora la Historia. Nuestra Historia… y despierta…